18 marzo 2011 - www.abc.es
«Wendolin Kramer»

Nadie debería tenerle miedo a la imaginación. Suena a obviedad máxima y a bostezo de mandíbula desencajada, pero leyendo según qué cosas que circulan por estanterías y mostradores, da la sensación de que el kilo de imaginación anda más cotizado que el caviar o la langosta. Y no, no se trata de mentar la imaginación como excusa para andarse por las ramas, sino de la imaginación en bruto. En estado puro. Algo que, lamentablemente, escasea, al menos por aquí, por lo que no deja de ser toda una noticia que una novela como Wendolin Kramer, segundo envite de la escritora y periodista Laura Fernández (Terrassa, 1981), acabe de alunizar en el planeta tierra como recién llegada de... qué sé yo... Krypton.

Bien pensado, tampoco hay tanto de lo que extrañarse: su primera novela, Bienvenidos a Welcome, ya era una delirante epopeya espacial, un pinball de referencias cruzadas y luces brillantes construido como ansiosa y gamberra relectura del Duluth de Gore Vidal que, con sus colores chillones y sus canciones –o, mejor dicho, canción- repetidas hasta la saciedad, no dejaba lugar a dudas: tamaño despligue de ingenio e irreverencia, semejante delirio de argumento extraterrestre, solo podía ser obra de una imaginación desbordante alimentada a base de cantidades ingentes de ciencia-ficción, páginas y más páginas de tebeos, toneladas de Vonneguts, Adams y Brautigans y, en fin, unas cuantas y productivas horas de televisión.

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13 marzo 2011 - www.elpais.com
Rosa Montero "Creo en la reinvención, yo lo estoy intentando"

A la memoria de Pablo Lizcano". La dedicatoria de Lágrimas en la lluvia (Seix Barral), la flamante novela de Rosa Montero, remite desde la primera página a la melancolía de la pérdida, pero también a la alegría de vivir. Al esplendor y la finitud de la vida. Lizcano, periodista y escritor como ella y su pareja de las dos últimas décadas, enfermó de repente y murió meses después en mayo de 2009. Su foto, un sonriente retrato en blanco y negro, es una más de las muchas que comparten baldas con los libros en este luminoso salón colonizado por mascotas vivas y de adorno. Noventa casas además de esta vio Montero antes de decidirse a cerrar su chalé familiar de las afueras y mudarse con sus perras Bruna y Carlota a este piso de Madrid cuatro plantas por encima del Parque del Retiro, cuyos árboles casi se cuelan por los balcones. Nueva casa, nueva década, nueva vida. Eso intenta, confiesa. Todavía no le duele la cara, pero le dolerá, bromea. La promoción de su nueva novela, en la que ha recreado un mundo tan futurista como íntimamente parecido al presente, le obligará a sonreír de oreja a oreja a los desconocidos. No le cuesta. Rosa es alegre, siempre lo fue, pero un velo le empaña la mirada cada poco. Ahora su melancolía tiene nombre y apellido. Pero no es nueva. Se recuerda siempre así.
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Si todo fluye, su experiencia como periodista revertirá en la ficción. Muy diferida y diferente. Hay escritores que cuentan su vida, y si son lo suficientemente buenos, la convierten en universal. Y luego otros, entre los que me incluyo, a los que no nos interesa contar nuestra vida porque lo maravilloso es precisamente poder vivir otras. Como cuando mis replicantes en la novela, compran memorias artificiales para vivir más vidas que la suya.


Sin embargo, dice que esta es su obra más personal.
Sí, entre otras cosas porque ya soy muy mayor. Creo que la narrativa es un fenómeno de madurez. Necesitas una distancia para ver tus emociones y analizarlas con la frialdad con que un entomólogo analiza a un coleóptero. Hasta entonces las novelas no funcionan. Esta es una anomalía en mi obra. Cuando acabé la anterior novela pensé que para la siguiente iba a tener unos 60 años, que es una edad que da un vértigo que te mueres. Hay quien se jubila. Hay quien se compra una casa en Torrevieja. Y dije, yo me voy a hacer un mundo mío para mi placer.


¿Y ese mundo feliz es su novela? Sí, qué mejor para jugar con esa capacidad de ser un pequeño dios que es ser novelista. Me dije, voy a crear un mundo a mi medida a ver si consigo escribirlo con el placer y la libertad de antes de publicar. Como siempre me gustó la ciencia-ficción y la novela negra, decidí escribir una novela negra de ciencia-ficción que, además, me permitiera volver a ese mundo en otras novelas. Como quien baja a Torrevieja. Empecé a escribir lo que tenía que ser un libro feliz, un juego. Pero somos hijos del azar. Mi pareja se puso enferma de repente y se murió en 10 meses. En mi vida he hecho una cosa así, que fuera tan irreconciliable lo que vivía con mi proyecto literario. Pero lo terminé.

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23 febrero 2011 - www.elmundo.es
Laura Fernández construye un universo de superhéroes surrealistas

La articulista de ELMUNDO y escritora Laura Fernández publica 'Wendolin Kramer' (Seix Barral), una novela disparatada protagonizada por una chica que vive convencida de ser una superhéroe, habla alemán segura de que es alemana, y cuando se aburre, vende muebles por catálogo a su perro.

Wendolin Kramer tiene 30 años y vive en casa de sus padres, y su imaginación desbordante la lleva a montar un despacho de detectives en su habitación, desde donde seguirá a Francis Dómino, un ex detective metido a gigoló con un turbio pasado.

Fernández ha asegurado que esta novela, que bebe de las series de los años 80, bien podría convertirse, por su ritmo frenético y sus diálogos hilarantes, en una perfecta novela gráfica.

La joven protagonista está, según su creadora, marcada por la ingenuidad, -"igual que todos los superhéroes, que salvan a la gente sin juzgarla", ha precisado- y tiene más que ver con el Quijote que con Peter Pan, porque quiere seguir viviendo en su mundo fantástico; crecer le da igual.

La autora no tiene problemas en narrar gran parte de las peripecias de sus criaturas con diálogos, no escatima onomatopeyas, y usa las mayúsculas cuando sus personajes gritan, algo que hacen muy a menudo.

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23 febrero 2011 - www.adn.es
Wendolin Kramer: la Quijote de los superhéroes

La escritora Laura Fernández firma una novela sobre la ingenuidad, que sale a la venta el 22 de febrero.

Wendolin Kramer tiene casi 30 años, está convencida de ser Súper Chica, habla con su madre en alemán (o eso creen) y su chucho va al psiquiatra porque está deprimido. Wen -para sus amigos, o sea, para una foto de Kirk Cameron a la que ella le habla, en plan teléfono de la esperanza- cree que con la capa que le ha cosido su madre no hay nada que no pueda hacer.

Pero la realidad le marcará los cinco dedos en la cara. "Es como el Quijote: quiere vivir en un mundo de fantasía donde todo es posible", resume Laura Fernández, la creadora de Wendolin Kramer (Seix Barral), novela que saldrá a la venta el 22 de febrero.

Mamá, tengo un caso

Wen quiere hacer el bien, así que monta un despacho en su habitación y consigue su primer cliente. Cuenta con un aliado para cumplir la misión, y ese es Marvin, el propietario de una tienda de cómics, maloliente, con el pelo tan churretoso que brilla como el vinilo.

Pero... hola, mundo real: al cliente le van las malas artes, así que Wen se encontrará ayudando a un villano. "Los superhéroes son el símbolo de la ingenuidad absoluta. Te salvan sin pensar en quien eres, no te juzgan, no piensan en si robas o eres de los que te cuelas en el metro. Ella también es así, pero después ve que no puede ser tan buena con todo el mundo", comenta Fernández.

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